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Francesc Ramis Darder
La Cuaresma es el tiempo litúrgico en que preparamos nuestra vida para poder celebrar con gozo la Pascua del Señor. Desde la perspectiva cristiana, la palabra “preparación” debe entenderse como “conversión”; por eso, cuando decimos que la Cuaresma es “el tiempo de preparación para la Pascua”, debemos entender que la Cuaresma es “el tiempo de conversión para poder celebrar la Pascua”; así la Cuaresma es el tiempo de conversión que nos dispone a celebrar con alegría el tiempo pascual.
Ahora bien, ¿qué significa la palabra “conversión”? El término “conversión” significa, literalmente, “volver la mirada”; es decir, convertirse implica “dejar de mirar en dirección al pecado” para “volver la mirada hacia el Señor” que guía nuestra vida. Convertirse significa empeñarse, con la ayuda de Dios, en “dejar de confiar en la falsedad de los ídolos” para “volver la mirada hacia los mandamientos de Dios”. Como señala la Escritura, los ídolos que nos alejan de Dios son tres: el afán de poder, el ansía de poseer bienes sin medida, y la astucia por aparentar lo que no somos, es decir, la vanidad. El Evangelio que hemos proclamando constituye la mejor catequesis para adentrarnos en la senda de conversión cuaresmal; pues muestra como Jesús, nuestro Maestro, venció la embestida de los tres ídolos para depositar su confianza en las manos del Padre.
El diablo dijo a Jesús: “di a esta piedra que se convierta en pan”. Durante la época de Jesús, si alguien amasaba una fortuna ilegítima en muy poco tiempo, le gente decía “este es capaz de convertir las piedras en pan”. Cuando el diablo le dice “di a estas piedras que se conviertan en pan”, está tentado a Jesús con el ansia de acaparar bienes sin medida; le está diciendo: “aprovecha tu autoridad para amasar un tesoro”. Jesús no cae en la tentación del dinero, responde: “no solo de pan vive el hombre”, es decir, “no solo de dinero vive el hombre”. A continuación, el diablo le tienta con el afán de poder: “Te daré el poder […] si te arrodillas delante de mí”; dicho de otro modo, “serás un hombre poderosos si halagas a los poderosos de la tierra”. Jesús rechaza la propuesta: “Solo al Señor, tu Dios, adorarás”; expresado de otra manera, Jesús diría: “dedicar la vida al capricho de los poderosos la vacía de sentido, pero entregarla al servicio del Evangelio la llena de gozo”. Finalmente, le increpa el diablo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo”; o sea, “utiliza tu poder como Hijo de Dios para hacer gestos tan espectaculares como inútiles que solo sirven para acrecer la vanidad”. Jesús no sucumbe a la vanidad, responde: “No tentarás al Señor, tu Dios”; dicho de otro modo, “el sentido de la vida no se basa en la opinión que los otros tengan de mí, sino en la hondura de mi vivencia del Evangelio”.
Cuando a ejemplo de Jesús ahondamos en la senda de la conversión, brota en nuestra vida la virtud de la misericordia. Recordemos que la palabra “misericordia” procede de la lengua latina, y proviene de la adición de dos palabras: “miser” que significa “pobre”, y “corda” que significa “corazón”. Aunando ambas palabras y adoptando un tono poético, es misericordioso quien entrega alguna de sus cosas, o aún mejor, se entrega a sí mismo, para calmar la pobreza del corazón de su hermano. Si abandonamos el afán de poder, nacerá en nosotros la misericordia convertida en actitud servicial hacia nuestro prójimo. Cuando desdeñamos al ansia de poseer sin media, aflorará en nosotros la decisión de compartir la vida con los hermanos. Si renunciamos a la vanidad, brotará nuestra fidelidad al Evangelio. Sin duda, la vivencia de la misericordia es el arma con que vencemos la tentación de los ídolos, como decía san Pablo: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal a fuerza del bien”.

Lentamente, se introduce en nuestra vida un cuarto ídolo que en tiempos de Jesús era extraño: “la falta de tiempo para lo verdaderamente importante”, actitud que desemboca en la superficialidad. A menudo, tenemos tiempo para todo menos para lo esencial: tiempo para estar con Dios, tiempo para convivir con los hermanos, tiempo para nosotros mismos. La vivencia de la misericordia comienza aplicándose cada uno a sí mismo las pautas de la misericordia. Durante la Cuaresma seamos misericordiosos con nosotros mismos, busquemos la profundidad de vida; solo así podremos ser testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana.